viernes, 12 de diciembre de 2008

"Una fruta tentadora"

En la huerta, la platanera, se sentía feliz. Era una buena huerta. Buena tierra, agua en abundancia y primorosamente abonada. Se desarrollaba muy contenta, había tenido suerte. El trozo de terreno donde se hallaba ubicada, en la finca La Paz, era perfecto. Tenía el calor adecuado, buena luz solar y los alisios muy suaves. Era de la zona del valle, con mejor clima. Sus hojas largas, grandes y muy verdes, lo verificaban. Sus plátanos se podrían desarrollar con alegría y sanos. Muchas veces, a los peones de la finca, les había oído comentar: " ¡Qué cómo ese plantón de platanera no había ninguno! ". Cosa que la regocijaba. Le estimulaba pensar que sus plátanos serían los mejores, sólo de pensarlo se llenaba de orgullo.
Justo en ese momento, el brote de la bellota era incipiente. Era consciente que en unos meses, todo cambiaría transformándose en una exuberante piña. Tendría que esperar un poco, ya conocía el proceso y era laborioso, aún no había llegado a la fase de despunte, de quitar el longo; no había florecido todavía el ansiado fruto. Estaba muy impaciente por ver desarrollar a su piña. También era consciente de que terminado el proceso, tendría que dejar paso al mejor de sus retoños, sabía que concluía su función. Sólo sería útil, en el mantenimiento y posterior crecimiento del nuevo plantón.
Desde un principio, se podía intuir que daría un buen fruto. No podía ser de otra manera. Las condiciones eran excelentes. Por tanto, con todas las condiciones favorables, el proceso seguía su curso de una forma natural.
Pasados unos meses, el fruto maduraba y tomaba forma. La platanera, se sentía pesada, había momentos en que era difícil soportar el peso. Pero lo sobrellevaba bien, estaba a punto de conseguir su propósito, su objetivo estaba más cerca. Sabía de que muy pronto vendrían a por él. Por eso disfrutaba de cada momento, aunque el peso de la piña se le hiciera insoportable.
Una mañana de Domingo, muy tempranito, vio al peón que la cuidaba con otro que no había visto nunca. El peón acompañante, traía algo en la mano, que con la luz del sol refulgía, se trataba de un machete. El peón que la cuidaba con un saco vacío al hombro, se puso debajo de su piña, mientras que el peón que tenía el machete, como si fuera un experto cirujano; de un tajo cortó el delgado tronco que les mantenía unidos. No sintió dolor. Sólo un gran vacío interior. Se estaban llevando algo que había salido de sí misma, sentía que perdía algo muy suyo. Por otro lado, oleadas de orgullo le llegaron hasta la más profunda de sus raíces. Había dado más de lo que se esperaba de ella. Se lo ratificaba las caras de satisfacción de los peones.
Por el camino, el peón con la piña al hombro, le decía a su compañero: " ¡ Esta piña tiene unos plátanos que van a quitar el sentido! ".
Al llegar al almacén de empaquetado, dejaron a la piña en la mesa de clasificación. Unas manos muy expertas, fueron separando cada manilla con sumo cuidado. Al poco tiempo, sólo quedaba el tronco pelado. Antes había sido el soporte de muchas manillas, ahora, era todo lo que quedaba de la exuberante piña.
Las manillas estaban llenas de hermosos plátanos; de buen tamaño, con el grosor adecuado, duros y verdes. No hubo que clasificar mucho, todas eran de primera. Ideales para la exportación. Se les puso la pegatina de procedencia, y con ternura fueron colocadas en cajas. Seguro que llegaban a sus destinos en condiciones óptimas para el consumo.
En el supermercado, el carro de la compra enfilaba el pasillo con determinación. La persona que lo llevaba sabía lo que buscaba, lo tenía muy claro, sus deseos no eran ambiguos; iba a comprar fruta. Le apetecía comer fruta. Por tanto, se encaminaba al expositor de la fruta. Al llegar a él, se paró, y con mirada escrutadora e intensa , hizo un primer análisis de lo que veía: toda la fruta estaba muy apetecible. Pero su mirada se detuvo en lo que tenía en la mente, en una hermosa manilla de plátanos.
¡ Eran una maravilla de plátanos ! Como lo había imaginado. Grandes, gordos y bien proporcionados. Se atrevió con las yemas de los dedos a tocar uno, encontrándolo duro y consistente, Aún no estaban maduros, pero se conservarían mejor. No le gustaban los plátanos fofos. Los prefería así, tal como estaban, duros y todavía verdes. Pasados unos días, estarían maduros. Leyó la pegatina que tenía pegada la manilla, se relajó, eran de Canarias. Se le quitó un peso de encima. No le gustaban los plátanos de otros lugares. Reconocía que eran más llamativos y de mayor tamaño, pero también de sabor más soso. Seguía prefiriendo los plátanos de Canarias.
Al llegar a su casa, los sacó de la bolsa para ponerlos en el frutero. Observando, que uno de ellos, se había desgajado de la manilla. ¡ Qué lastima ! ¡ Si es el más hermoso ! Espero que no se me estropee. Y lo puso con exquisito cuidado en lo alto del frutero.
Al día siguiente, percibió que ya estaba entrando en la fase de maduración. Había cogido el color verde penca, vistiendo un amarillo oro. Se ponía muy apetecible. Los ojos que lo miraban, no salían de su asombro, se podían leer en ellos: ¡ Qué ricura de plátano !
No podía desviar la mirada del frutero. Le atraía como un imán. Como si estuviera bajo el influjo de un hechizo, se acercó y se sentó en la misma mesa donde descansaba el frutero. No podía dejar de mirarlo. ¡ Qué hermoso y apetecible lo veía !
Alargó la mano y lo cogió. La suavidad de su piel, su textura, era increíble. Suavemente y con mucha dulzura, empezó a quitarle la piel con sumo cuidado, desde arriba hacia abajo, hasta dejar al descubierto lo que le fascinaba. ¡ Qué buena pinta tiene ! ¡ Debe de estar sabrosísimo !
Lentamente, saboreando el momento, se lo metió en la boca. Tenía un sabor exquisito. Se lo comía sin morderlo, sólo lo chupaba. Sintiendo un placer indescriptible. No pudiendo aguantar más, empezó a morderlo, poco a poco, hasta comérselo todo.
¡ Qué rico que estaba el plátano !












J

No hay comentarios: