viernes, 20 de febrero de 2009

"EL FARO DE LA ESPERANZA"

"El faro de la esperanza"



Era la segunda vez, en menos de un año, que pisaba la misma playa de arena rubia. Evidentemente, lo hacía de una manera distinta, tanto en la forma cómo con el medio. Hoy, era consciente del acto que hacía. La primera vez que lo hizo, fue un devenir de cosas y un acontecimiento involuntario, que dependió mucho del azar de la noche.

Como en la primera vez, volvió a ella de noche, pero voluntariamente y de una forma consecuente.Lo hacía para rendir tributo y rezar una oración. Después de transcurrido un año, nunca imaginó que la emoción por lo acontecido y por el recuerdo de lo sucedido fuera tan grande. No podía controlar lo que sentía en su interior, era tan intenso el dolor que le producían los recuerdos; que sus lágrimas corrían sin poderlas contener por sus mejillas.

Miró fijamente al horizonte, vio el mar quieto como un plato, todo iluminado por la luna llena. - ¡ Qué gran contraste ! - pensó. Y continuó reflexionando: - que mala suerte tuviste Tolo, si hubiéramos tenido el tiempo de esta noche, aún seguirías vivo -. Se le hizo un nudo en la garganta, y no pudo seguir hablando.

Cuando se dieron cuenta de que no tenían futuro en Senegal, porque para ellos no había nada, tomaron la decisión de intentar hacer la travesía hasta Las Islas Canarias. Erróneamente, imaginaban que sus vidas podían cambiar, sólo querían algo de trabajo y poder vivir un poco mejor, era lo que ambicionaban. En Agosto, los dos habían llegado desde Senegal hasta la costa de Nouakchott, en Mauritania. Les habían dicho que, desde ese punto salían las pateras hacia las islas, asimismo, les indicaron el nombre del patrón a quién debían pagar; los mil quinientos euros por persona, que les costaba la travesía.

Desconocían el mar y no sabían nadar. Era la primera vez que lo veían y que se subían a una patera. Salieron de noche. En la patera había un gran número de personas, ellos se dieron cuenta, porque iban todos muy apretados, casi unos encima de los otros. No podían saber cuántos eran, en la oscuridad no se podía contar, pero creían que eran muchos. El y Tolo, no se separaron en ningún momento, aunque no paraban de temblar del miedo y la emoción que les embargaba.

Llevaban días navegando, cuando todo empezó a ir de mal a peor. Las condiciones empeoraban; la climatología había cambiado bruscamente y el estado de habitabilidad dentro de la patera eran insufribles. Entre el movimiento reiterado del fuerte oleaje, que provocaba gritos de angustias y vómitos continuos, llegó el temor y miedo al naufragio.

Probablemente, fue el primero en divisar tierra. Semejante a un gran montículo, erguido majestuoso, según su apreciación , parecía un gran faro que les estaba guiando para llevarlos a buen puerto. Daba la impresión de estar cerca, pero aún estaba lejos. No dijo nada de lo que había visto a los demás, sólo se lo dijo en voz muy baja a Tolo, advirtiéndole que callara y no dijera nada ,para no provocar un accidente. No vieron ni oyeron nada y no se dieron cuenta cuando llegó la gran ola, la patera esparció su contenido por todos los lados, la noche se llenó de confusión y gritos desesperados. Para la inmensa mayoría, la muerte traicionera había llegado. Muy pocos, fueron los elegidos que se salvaron. El mar, una vez más, cobraba tributo.

La última vez que vio a Tolo, fue antes de que definitivamente el mar se lo tragase. No pudo hacer nada por su amigo. Todo sucedió muy deprisa. Muy cansado, extenuado mental y físicamente se dejó ir; se negó a seguir luchando, quería acompañar a su amigo. Cuando abrió los ojos, se hallaba tumbado y a salvo en la orilla de la playa de arena rubia.

Hoy, arrodillado con gran respeto, rezaba por el alma de su amigo muerto. Asimismo, le hablaba con ternura, como si lo estuviese escuchando. Le decía: - que el sueño de una vida mejor y que ellos denodadamente habían buscado, todavía no lo había conseguido, pero que no se había rendido y seguía luchando por ello. Recordándole como lo habían prometido, el uno con el otro, que si ocurría alguna desgracia, el que tuviera la posibilidad se ocuparía de la familia del otro. Así que descansa tranquilo y en paz, amigo mío.

Al terminar los rezos por su amigo muerto, se dirigió hacia la montaña. Se inclinó y se postró ante ella. De todo corazón le dio las gracias, la montaña y él, sabían porqué lo hacía. Un faro de esperanza abría un nuevo día.





1 comentario:

megg dijo...

HOLA ME HA GUSTADO MUCHO
yo siento una debilidad por los faros
un saludo