Adoraba el nimio placer de los rayos de sol en su cara, a su edad, pocos eran ya los placeres que la vida le ofrecía. Frau Goldblum (Rebeca para sus íntimos), adoraba por encima de todo tomar sol, sentada en un banco en el parque. Ésta simple situación, le daba una paz y una libertad espiritual que nunca había tenido. Estática, inmóvil, con los ojos cerrados, reflexionaba sobre lo acontecido años atrás. Los transeúntes observaban extrañados a la dulce señora que no movía un musculo de la cara, pero que evidenciaba un duro sufrimiento. Durante muchos años, la fijación era la misma y se repetía en su cabeza continuamente; que un gesto de amor no era eximente de nada. Desde el mismo momento del suceso ya se había arrepentido, pero el mal ya estaba hecho. Jamás podría perdonarse haber delatado a su gente.